Añada 2025 en Gratallops, Priorat - Sentir la tierra y creer en la naturaleza
A las oscuras colinas del Priorat ha vuelto una energía antigua, fina y mineral. Tras dos años de implacable calor, la añada 2024 ya anticipó un cambio de signo, que se ha confirmado en 2025. Hay un momento muy concreto que simboliza este feliz reencuentro con las condiciones más típicas y reconocibles de los eternos costers: las madrugadas de verano.
En las horas previas al alba, un aliento fresco recorre las laderas de llicorella. El soplo de la brisa cede ante una entrada fría del noroeste. Antes de que el sol emerja con fuerza, el Priorat se siente feliz en su esencia continental. Es un respiro para las viejas cepas, un abrazo que acompaña el despertar a la madurez de sus pequeñas uvas.
De la suavidad al calor
Las lluvias del otoño precedente prepararon un invierno pausado, de temperaturas suaves y pocos sobresaltos. Entre diciembre y febrero, las lluvias prácticamente se ausentaron del Priorat, pero la entrada de la primavera climática cambió la situación. Por fin vivimos una estación normal, con sus precipitaciones adecuadas y sus pequeños saltos térmicos que poco a poco nos iban acercando al verano.
La brotación, ordenada, alegraba nuestra visión del paisaje. El brillo tierno de las pequeñas hojas renovó la armonía cromática con las pizarras de tonos grises, verdosos y rojizos. Abril se abrió a la belleza, y lo hizo con pocas lluvias y temperaturas todavía frescas.
Mayo se mantuvo en la moderación, que parecía propagarse a las flores, a los frutos y a las uvas: la naturaleza se contenía, delicada, como tentando un nuevo mundo por habitar. El mes transcurrió como los suaves mayos de siempre, hasta que al final las temperaturas se dispararon.
De la ola tórrida a la moderación de nuevo
Fue una subida térmica abrupta, especialmente en los valores mínimas, que prácticamente se doblaron. Pasamos de una primavera tímida a un verano cegador en cuestión de pocos días. Y en demasía, pues junio trajo una ola de calor intenso, seco, inexorable. Quizá haya sido el junio más caliente desde que existen registros.
La situación nos empezó a preocupar. Los diminutos racimos frenaron su desarrollo. Como si el ambiente tórrido hubiera sobresaltado su ritmo natural, las uvas permanecieron en pasividad, sin crecer para no comprometer su buena salud.
Y entonces, el cielo nos ofreció de nuevo el regalo de un mes julio atemperado. Sus noches renovaron el privilegio del respiro, la fortuna del relente continental que vivifica los frutos y la naturaleza entera. Un frescor que, tras la humedad de la noche, concede al mundo un renovado despertar a la luz del día siguiente.
En el cénit del verano vivimos unas semanas de auténtica energía cristalina. Las garnachas, en su sabiduría, se mantuvieron pequeñas y tranquilas. Con toda su bondad concentrada, preparada para un agosto cálido y seco en el que la nubosidad puntual, especialmente en las horas de la tarde, ayudó a mitigar la fogosidad del sol.
Todo iba avanzando sin apenas tacha. Los días cálidos, las garbinadas del atardecer, las vides valientes en los suelos quebradizos. El 19 de agosto llegó por fin un nuevo desahogo: el frescor nocturno volvió a visitarnos, ya para quedarse prácticamente durante el resto de las semanas de maduración. Hacía tiempo que no disfrutábamos de esa amplitud térmica que tanto beneficia a los principales componentes del mosto.
La sequía persistía y, en el fragor de la canícula, una pequeña hidratación aportada a la viña de L'Ermita resultó justa y esencial. Los racimos se agazapaban en un tamaño comedido, con todo su brío condensado. Ya con el envero observamos admirados un color de sangre oscura, un líquido tintado hasta lo más profundo. En septiembre, esos tonos se sublimaron.
La paradoja de la concentración
En un ambiente sano, de noches cada vez más frescas, nos íbamos acercando a la vendimia. Como siempre, en las orientaciones al norte, con sus entornos de umbría y su entrada de vientos de interior, la maduración ralentizó su desarrollo. El caso de L'Ermita fue el paradigma: durante semanas, el grado potencial permaneció inamovible, algo por encima de 13,5%. En un ciclo de garnacha tan concentrada, sorprende y apasiona encontrar uvas con un contenido en azucares tan liviano y vibrante. Más allá de lo aparentemente contradictorio que este hecho pueda parecernos, nos quedamos con la idea de que, en realidad, se trata de otra maravilla a añadir a la larga lista de prodigios que el campo nos regala.
Vendimiar la vida
Desde mediados de septiembre, decenas de brazos empezaron a recolectar con delicadeza los racimos de nuestras pequeñas viñas. Pletóricas de color, las uvas salpicaban gotas de vida intensa. En el aire flotaba una emoción invisible. El 24 de octubre concluimos la vendimia en L'Ermita. En la hora final del día, con las cajas de vendimia acopiadas en la cámara de frio, sentimos la caricia de un susurro de dicha y misterio.
Los vinos representan el orden líquido y la textura divina. Son hechos de la misma materia que la esperanza y la dicha. En catalán existe la palabra "joia" para indicar una alegría luminosa y fértil. Es una expresión que hoy nos inspira para describir un cúmulo de sensaciones fecundas y vivas. El latido de unos vinos que conectan con lo que las divinidades mediterráneas nos legaron: creer en la naturaleza y sentir el embrujo de la tierra dentro de nuestra alma.
Datos relevantes
Precipitación anual: 389 mm (L´Ermita).
Temperatura media: 16,2ºC (L´Ermita).
Fechas de vendimias:
La Ermita: 21 de Octubre, 2025.
La Baixada: 1 y 2 de Octubre, 2025.
Finca Dofí: del 8 de Septiembre al 16 de Octubre, 2025.
Gratallops Vi de Vila: del 10 de Septiembre al 16 de Octubre, 2025.